viernes, 28 de febrero de 2014

Desequilibrando sus almas

Es cierto que parece, que siempre criticamos a nuestros ex porque nos place o no hemos conseguido desenlazarnos de ellos todavía.

Pero en mi caso he de decir que, aunque me ha costado muchos años, ya no tengo ningún lazo ni nada que me anime a criticarle o juzgarle porque sí.

Siempre he sabido que mis hijos no pasaban unos maravillosos fines de semana o vacaciones con su padre, pero ellos nunca me contaban nada. Siempre han estado en silencio y yo no he preguntado mucho por no parecer la típica madre pesada que quiere saber todo lo que hacen.

No sé si ha sido un error, porque quizá ellos han podido pensar que no estoy interesada en ellos ni en lo que les sucede, pero, para la bueno o para lo malo, he actuado así.

Pero cada vez que los niños tenían que irse con su padre aquello parecía una batalla en las que en muchas ocasiones, han terminado cogiendo a los niños a la fuerza y metiéndoles en el coche de su padre pataleando y llorando.

Han pasado ya siete de años de todo eso y es ahora cuando se destapan y comienzan a hablar de lo que sufren y soportan en aquella casa.

Voy a poner ejemplos, para que se comprenda que mis sospechas de que mi ex no está bien y de que le acusa un desequilibrio importante y de que su pareja tampoco es que estémuy lúcida

- Un día el niño no se come el postre y rompe un vaso contra la mesa.
- Si la sábana de la cama no está perfecta les deshacen las camas y les obligan a hacerlas de nuevo hasta que están, lo que ellos consideran, perfectas.
- Les tienen a dieta y jamás les permiten comer algo que no entre dentro de sus alimentos y mucho menos comer entre horas o poder coger algo de la nevera. Terminantemente prohibido acercarse a la nevera.
- No se les permite hablar, al menos que les hayan dado el turno.
- No se les permite elegir canal de televisión.
- No les dejan salir a jugar o conocer a otros niños o adolescentes de la zona.
- Se enzarzan en discusiones absurdas con un tono elevado y mucha violencia verbal y gestual.
- Amenazas de pegarles, incluso al principio lo hacía, hasta que le amenacé con denunciarle.
- No se els permite expresar sus emociones ni protestar si algo no les gusta.

Yo les he visto con ellos, he estado en su casa en bastantes ocasiones y se les trata con desprecio y como si fueran inferiores.

Aquello parece más un cuartel que un hogar.

Cada uno en su habitación y que no molesten cuando hay siesta, cuando se está trabajando (que es siempre) o cuando hay visitas.

Hace dos fines de semana tenían que irse con su padre y me llama para decirme que viene la familia de ella y que no hay sitio para los niños. Os podéis imaginar la sensación que tuvieron los niños: "Prefiere estar con la familia de ella a estar con nosotros".

Llevan tiempo diciendo que no quieren volver, que por favor no les obligue a ir con él. Que les tratan mal y que quieren quedarse en casa.

Que allí no se puede vivir, que están siempre discutiendo y la pequeña me dice: "Mamá, de verdad que no me muevo y estoy siempre callada, pero aún así me regañan".

Mis hijos tienen un cacao en la cabeza impresionante. Les he dicho muchas veces que hablen con su padre y le expliquen lo que les pasa pero me dicen que no, que no le diga que va a ser peor, que se enfada con ellos si le dicen algo y les grita y les castiga mucho más.

Y son tantas y tantas cosas las que se han sucedido que seguramente yo me esté enterando de una mínima parte... que me hace pensar que este hombre está totalmente desequilibrado y distorsionado.

¿Qué forma de vida es la qué tienen?

Muchas veces pienso que para él sus hijos son una carga y una obligación que le supera.

Estoy segura que le supone tensiones con su pareja, ya que ella aprovecha para trabajar los fines de semana que van los niños para no estar con ellos.

Incluso me dicen que no les habla durante todo el fin de semana y les evita e ignora.

La mayor me dice que con los pequeños es peor y que les trata con desprecio y malos modales.

Tras saber todo ésto hablé con él hace poco menos de un mes de muy buen tono y con la intención de que hablases y mejorasen la relación.

Parecía que así era, pero cuál es la sorpresa de ellos y la mía, cuando llegan y me dice la mayor: "No ha hablado nada con nosotros. Nos ha comprado una bici y se piensa que con eso ya está todo. Incluso me ha amenazado con darme una ostía y le he dicho que como me toque no vuelve a verme en la vida".

Estoy muy preocupada. De verdad que lo estoy porque no quiero eso en la vida de mis hijos. Quiero para ellos paz y estabilidad y no un lugar donde se palpa el desequilibrio y la violencia continuamente.

Egoistamente podría mirar para otro lado, para poder seguir teniendo mi tiempo libre cada vez que se van con él, pero no me interesa. Me interesa la tranquilidad y la seguridad de mis hijos.

Porque se me ha olvidado contar que hace unas semanas llego a recogerles y llamé por teléfono, delante de él, al mediano que estaba jugando al fútbol en la cancha que hay cerca de casa.

Me dirigí a mi hijo en tono cariñoso como hago habitualmente:
- Cariño, ya ha llegado papá.
- Jo, dame un ratito que estoy terminado un partido.
- venga te voy haciendo la mochila y en 10 minutos aquí.
- Gracias mamá, en 10 minutos voy.

Según cuelgo me dice que cuanto miramiento tengo con él, que no necesita las migajas que le dan que sino viene aya mismo que se va.

Le miré y le dije con un tono muy tranquilo y suave, que así es como hablo yo con los niños y así voy a seguir hablándoles. Y que si él quería darle esa lectura a lo que acaba de oír era cosa suya y que si quería marcharse que se marchase.

Agarré la mano de la pequeña y entré en el portal diciéndole que nos subíamos a hacer la mochila. Y allí le dejamos.

Y así es todo, siempre ve cosas dónde no las hay, todo lo trastoca y lo ve como amenazas, como que los demás tenemos algo contra él y le queremos joder la vida. Cosa que ya hace mucho tiempo le dije que mi vida, por suerte, no giraba en torno a él y que no me preocupaba ni pensaba en ningún momento en él, por lo que ni daño, ni persecución por mi parte.

Pero él es así y siempre lo fue, lo que pasa es que quizá yo ahora lo vea más claro desde fuera.

En fín, que deseo que se canse de venir a recogerles o que los niños les digan hasta aquí, porque yo no puedo tomar esa decisión por ellos.

Sé que debo protegerles y cudiarles pero no puedo tomar sus decisiones y sobre todo porque quiero que aprendan a decir hasta aquí, que expresen lo que sienten y se lo digan y que sean capaces de defenderse de personas como él.

Hablamos, aprendemos a comunicarnos, a expresar lo que sentimos, pero falta que lo trasladen con él.

Incluso les he dicho que aunque su padre no haga nada cuando le digan lo que sienten, el daño que les hace, el dolor que sienten,... no por ello no dejen de decírselo.

En fín, que algo habrá que pensar y hacer no tardando demasiado.

Me quedo alerta y observando cada paso y detalle, pero me huelo que algo se cuece y no tardará en estallar por algún lado.

viernes, 21 de febrero de 2014

Bendita locura

Abrí la nevera y la encontré vacía. No recordaba que el día anterior se había estropeado y tuve que sacar todo el contenido.

- ¡Que suerte! Estamos en invierno y puedo dejar los alimentos en los alfeizares de las ventanas. – me dije - El frío los mantendrá conservados hasta que llegue la nueva nevera dentro de 4 días.

Somnolienta, me dirigí a la ventana de la cocina y cogí, con mucho cuidado, la leche, la mantequilla y la mermelada. La base del pollete es mínima y temo tirar el frasco de mayonesa, o el ketchup, o la mostaza, o la salsa roquefort que tanto le gusta a mi pequeña, o la salsa de yogur con la que suelo acompañar mis ensaladas, o el tetrabrick de tomate frito que devoran con los macarrones… ¡Madre mía!, la de cosas que contiene una nevera y no lo parece.

Tengo las ventanas bloqueadas de tanto tuper y envase, y de las bolsas y paquetes que tuve que sacar del congelador.

La carne ha comenzado a descongelarse y chorrea la sangre de los filetes de ternera que nos regaló mi madre.

¡Ay! La que he liado. La vecina tiene sus sabanas intensamente blancas tendidas. Cómo se de cuenta de que he sido yo me va a degollar.

Abajo viven dos hermanas de 97 años una y de 94 años la otra. María, la mayor es una mujer extraña y temerosa que no sale nunca de casa. Su piel es tan blanca como sus sábanas.

Pero paradógicamente, su casa desprende un olor intenso y enormemente asqueroso de una mezcla de suciedad y de alimentos putrefactos. El hedor es tan insorportable que cuando pasas por su puerta te provoca náuseas.

Un olor de basura acumulada, de falta de higiene, de descomposición y fermentación de… CARNE MUERTA.

La verdad es que, si me pongo a pensarlo, hace muchos años que no veo ni oígo a María, solamente me he cruzado con la menor, Milagros, muy de vez en cuando, y nuestras conversaciones han sido triviales sobre lo solas que se encuentran o sobre sus salidas inevitables al mercado, que le resultan insufribles por sus dolores de rodillas.

Pero a María no la veo ni la oígo desde hace… ¿5 o 6 años? ¡Dios mío! No será… Mmmmm, ese olor…

Me da vueltas en la cabeza esta idea ¿Y si está muerta? ¿Y si el miedo a estar sola, la edad, la rutina, la ceguera, el estar aconstumbrada a vivir juntas desde que nacieron…?

Son más de 90 años sin separarse y viven abandonadas, sin atención. Increíblemente, la casa es propiedad de la Érmita de San Antonio, ya que su hermano (ya fallecido) fue el cura de ella durante muchos años. Y sin embargo nadie va a visitarlas, nadie les ayuda.

La última vez que María se enfermó y estaba sola, me dejó entrar y desde entonces tengo unas llaves de su casa. ¿Qué hago…? ¿Debería entrar? Sólo de pensarlo la piel se pone de gallina y se me hace un nudo en la garganta.

Mi imaginación entra en juego y visualizo la habitación de María…ella sentada en su butaca junto a la ventana y se le advierte un alto grado de descomposición. La habitación está limpía y ordenada como jamás la ví.

La cama hecha, la ropa bien doblada en los estantes, el suelo brillante… y Milagros lleva una bandeja con una taza de manzanilla y unas pocas galletas, el desayuno que María tomaba cada mañana, y… una margarita dentro de un vaso con agua.

Comienza una conversación a solas con ese cuerpo que se consume, que se quedó mirando por la ventana. Esos ojos secos y hundidos… ¡Ufff! Me tiemblan las canillas, más parece una película de terror.

Y así pasan los días con mis dudas y mis temores de que María ya no se encuentra entre los vivos.

Llega la víspera de entrega de mi nevera. La tengo en la entrada totalmente limpia y preparada para su traslado.

Aprovechando que Milagros ha salido a la compra, cojo las llaves que guardo en el cajón de la entraba y bajo los 16 escalones que nos separaban.

Con mucho cuidado y muy despacio abro la puerta y una bocanada de olor fétido me echa para atrás mientras intento controlar la arcada. Los ojos me lloran y subo mi camiseta para taparme boca y nariz y poder soportar el asco y la repulsión que el hedor me provoca.

Apresurada me dirijo al fondo del pasillo y sin pensarlo mucho abro la puerta y, un enorme haz de luz me ciega y…

A la mañana siguiente suena el telefonillo, es la nueva nevera.

- Pasen, pasen. Vayan por el pasillo, es la primera puerta a la izquierda – les indico con normalidad.

La vieja nevera, embalada con precinto, les espera en la puerta:

- Ufff, pues si que pesa está nevera – comenta uno de los transportistas.
- Ya sabe, que estás neveras antiguas se hacían a conciencia, por eso pesan tanto – aclaro con una sonrisa.
- Es cierto. Pues nada señora, firme aquí y ya está todo hecho – dice el que parece ser el encargado.
- Muchas gracias por todo, han sido ustedes muy amables – Les despido con una sonrisa de amabalidad y cierro la puerta. Suspiro y  sintiendo un gran alivio.

Al instante suenan unos nudillos en mi puerta. Abró y allí está María. Entra apresurada y nos miramos con ternura, nos abrazamos por un momento en silencio... pasados unos segundos María comienza a reir a carcajadas, carcajadas que se apoderan de nosotras.

Las risas son incontrolables, van en aumento, se elevan en intensidad, en fuerza… son grandiosas.

Tendidas sobre el suelo del recibidor y retorciéndonos por el dolor de barriga, quedamos envueltas entre risas y carcajadas.

¿Descontroladas? Ni mucho menos... tan solo es un momento de grata locura.

jueves, 6 de febrero de 2014

Midiendo resultados

Cuando inicié este blog buscaba ayudarme con la comunicación de mis sentimientos, en abrirme a mis miedos, en barajarme entre mis dudas, en que aflorase mi todo.

Posteriormente, al analizar y observar que muchas personas vivían y sufrían situaciones similares a las mías, decidí abrirlo al exterior, por si le podía servir de ayuda a alguien.

Pero pasa el tiempo y, con mi cambio, cambian las entradas en el blog.

Nunca supe si estaba siendo de ayuda para los demás y tampoco era algo que me importase, porque para mí seguía siendo mi vehículo de comunicación y de sacar fuera de mí, aquello que me hacía daño.

Pero ahora, me encuentro en una encrucijada y no sé muy bien hacía dónde debo dirigirme.

Es por eso, que me encantaría que aquellos que leáis algo de aquí, me aportáseis vuestra opinión, vuestros comentarios, lo que os de la gana.

Os necesito, necesito vuestra información, vuestra opinión, lo que tengáis que decir y aportar.

Y no quiero terminar esta entrada, sin aprovechar para ser consecuente con mi corazón y...
- Perdonadme si al leerme os habéis podido sentir heridos.
- Siento mucho si con mis palabras os he ofendido.
- Gracias por ayudarme a ser consciente de lo que me daña porque sin vuestra ayuda no podré sanar mis heridas.
- El amor está en mí y os amo, o aprendo a amaros a la vez que aprendo a amarme.

Gracias, gracias y muchas gracias...

miércoles, 5 de febrero de 2014

Diario de una madre ‘adolescente’

- Mamaaaaaaaaa!!!! ¿Quién ha tocado mis cosas? Estoy harta. – nerviosa, alterada, fuera de sí, saltando…

- ¿Qué te pasa? ¿por qué gritas así? – en tono suave y relajado.

- Ya os he dicho que no quiero que nadie entré en mi habitación.- sigue alterada y muy nerviosa y le acompaña de nuevo el salto.

- Bueno, no hace falta que grites ni te pongas de esa manera. He sido yo que he estado recogiendo el cuarto – continúa en tono suave y calmado.
 
- ¡Joder! Estás insoportable, como se nota que has dejado de fumar… – acusadora e insultante.

- Y ¿tú también has dejado de fumar? – sonriendo y comprensiva.

- ¿Estás tonta, mamá? – airada y desquiciada… y sigue saltando.

- Como te veo tan nerviosa… - sonrisa y divertida por la situación.

- ¡Porque tengo la regla! – sentencia y finaliza.

Tu eres tú y Yo soy yo

Yo soy yo y Tú eres tú.
Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas
Tú no estás en este mundo para cumplir las mías.
Tú eres tú y Yo soy yo.
Si en algún momento o en algún punto nos encontramos será maravilloso
si no, no puede remediarse.
Falto de amor a mí mismo cuando en el intento de complacerte me traiciono
Falto de amor a ti cuando intento que seas como yo quiero en vez de aceptarte como realmente eres.
Tú eres tú y yo soy yo.

(Fritz Perls)

martes, 4 de febrero de 2014

Curiosidad social

Desde hace ya algunos años, he reparado en que, cuando alguna persona pone un comentario negativo, fatalista, victimista, de pena, de socorro... en cualquier red social, recibe montones de respuestas.

Algunas con consejos, otros de comprensión, otros de ánimo, otros con soluciones... siendo estas respuestas la parte positiva o menos negativa que le va a llegar del resto.

Sin embargo, existe la parte más negativa, en la que algunas personas aprovechan para contar sus penas o juzgar el hecho sin conocer volcando sus rencores. En bastantes ocasiones tienden a personalizar la historia, debido al odío que les están reconcomiendo. Y acaban haciéndose con el hilo de la entrada, sin respetar a la persona que inicialmente dejó su comentario, sacando más y más rabia.

Y te planteas en relación al que inicia el tema, ¿por qué publicas tu vida? ¿qué buscas? ¿qué esperas?

Y además te cuestionas en relación a los que responden, ¿qué obtienes con tu respuesta?

Por otro lado, si publicas un comentario positivo, de felicidad, de sentirte bien, de vivir en paz,... te encuentras con que muy pocas personas responden. Y si escriben la extensión es mínima.

Y, respecto a lo anterior, sientes que con algunas personas comienzan a tomar distancia y se alejan de tu vida, o ¿quizá eres tú él que te alejas de ellos?.

Y sigues cuestionándote, ¿por qué será que cuando publicas tu felicidad pocos se alegran? ¿Hablamos de envidias?

Preferimos que al resto le vaya mal para consolarnos de nuestras desgracias y miserias, así creemos que no lo son tanto y nos negamos la posibilidad de luchar por cambiar lo que no nos permite crecer ni ser libres.

Absurdos, envidiosos, temerosos, cobardes y al que se sale de la norma le crucificamos sin remordimiento alguno.

¿Os costará mucho vivir vuestra vida y dejad que los demás vivan la suya?

jueves, 30 de enero de 2014

Adios al humo, bienvenido el amor.

Desde hace tiempo el dejar de fumar era algo que vagamente se me pasaba por la mente.

Ante la insistencia de mi hija pequeña, siempre buscaba una escusa: 'cuándo tu te dejes de morder las uñas', le decía.

Finalmente, hace unos meses ella ha dejado de modérselas y durante este tiempo ha seguido reclamando mi parte del trato.

Pero hasta este fin de semana, en el que conocí a un grupo de personas muy evolucionadas en el espíritu, los pocos que fumabamos comentabamos sobre lo esclavos que eramos de este vicio, comentarios que ya he oído en muchas ocasiones. O que me gusta fumar y si dejo de fumar tabado empaquetado, pasaré a fumar de liar o en pipa... otra idea que lleva a no dejar de fumar nunca.

Pero lo que realmente me llegó fué una reflexión diferente, no nos amamos y por eso dañamos a nuestro cuerpo, cuando es el mejor regalo que nos han dado en esta vida, con el que tenemos que movernos y aprender y vivir.

Y esta nueva opinión me ha hecho reflexionar y plantearme: ¿Por qué no me amo? ¿Qué hay en mí que me boicotea y no me deja cuidarme? ¿Por qué no me respeto?

El simple hecho de haber llegado a la conclusión de que yo misma no respeto mi cuerpo, ni a mi misma, que no me amo lo suficiente y no me permito estar mejor físicamente, hizo que hace dos días dijese: 'Me quedan ocho cigarros, cuándo se acabe el paquete no compro más' - no dije que dejaba de fumar porque temía no poder conseguirlo.

Ese día me fumé tres cigarros más, con ansiedad. Ayer me fumé los cuatro o cinco que me quedaban con calma y disfrutando de cada una de las caladas. No hubo ansiedad y, cuando ayer salí a la calle, a acompañar a mis hijas a clase de guitarra, les anuncié: 'Chicas, es mi último cigarro. En cuanto se termine no voy a fumar más'.

La pequeña me miró sorprendida pero a la vez muy feliz, le aterra la idea de que me muera y desaparezca de su vida.

La mayor me preguntó si era verdad y por qué lo hacía, y la pequeña ante ese comentario me decía que no me creía que no iba a poder.

Muy segura y decidida les dije varias razones: 'el tabaco hace que perdamos los sentidos del olor, del gusto... y quiero recuperarlos. Quiero salir al campo y oler la tierra, entrar en un pinar y oler los pinos, quiero comer saboreando lo rico que está todo... y principalmente porque quiero estar sana y sentirme mucho mejor y cuidarme y amarme de verdad'.

Me he despertado de madrugada con mi mente pensando en anunciarlo a los cuatro vientos en el facebook, de hacer una nueva entrada en el blog,... pero con un enfoque muy diferente al que estoy escribiendo ahora.

Creo que quería hacerme la chula y demostrar al mundo que puedo.

Lo curioso ha sido que cuando he estado ante el facebook, no me he acordado, o si me he acordado lo he postergado.

Ahora pienso que quizá mi incosciente estaba reflexionando y frenándome. No necesito demostrarle al resto nada, no necesito sus cotilleos o comentarios negativos, pero lo que realmente no necesito, es obsesionarme y hacer de esto algo obsesivo y competitivo. Amarse es lo natural.

Por, ello, soy yo la que debo asegurarme de que lo hago por mi salud, no es un reto agresivo, sino un bienestar tranquilo, y sobre todo que es un gesto de amor hacía mí.

Protejo y mimo lo mío
Antes de salir de casa les he dicho a los niños que había dejado de fumar, que seguramente iba a estar más irritable y que no me lo tengan en cuenta.

El mediano me ha llamado pesada y le he dicho que le estaba pidiendo ayuda: 'S.O.S., por favor, ayudadme y ser comprensivos, sólo os estoy pidiendo que me ayudéis'.

La mayor le ha recriminado por no ser comprensivo y me he marchado con una sonrisa en los labios. Sé que no voy a estar mal, siento que voy a cargarme de más amor que eso sólo puede ser bueno para mí y para ellos.

Estoy feliz, activa, incluso acelerada, pero controlada. Mi consciencia hace que no esté siendo un horror sino un amor.

No paro de parlotear, ¿acaso el fumar te hace antisocial? porque antes era mucho menos comunicativa. Serán los efectos del mono, jejejeje.

Resumiendo, que me siento bien, que cuidarme ha sido todo un descubrimiento y sentir mi amor por mí me hace super feliz.

La de cantidad de veces que he dicho que me amo y, cada vez que me amo más, lo diferente que es. Siento que me envuelvo de amor y me siento tan querida y valorada por mi... Que bonito es amarse.

¡Sonrisa de felicidad, de ternura y de amor, mucho amor!!!  

miércoles, 22 de enero de 2014

Envidia mala, mala la envidia

"Que mala es la envidia". Parece una frase hecha, pero no, es una realidad como un templo.

A lo largo de mi vida he despertado envidias y he tenido que lidiar con ello y solucionar las consecuencias que eso pudo ocasionarme. Pero no se ha terminado. Ahora las envidias las despiertan mis hijos y 'van a por ellos', sobre todo a por el mediano.

Es un niño diferente por muchos motivos. La noticia de que fuese varón hizo que siendo tan sólo un embrión, sintiese que a su madre no le hacía mucha gracia.

Tuvo que soportar mucha tensión durante su desarrollo fetal porque yo estaba tensa por situaciones en el trabajo, por tensiones en casa con su padre, y porque para mí los embarazos han sido verdaderas enfermedades y me han causado muchos trastornos físicos.

Ya presentía que iba a ser un niño con carácter porque me despertaba por la noche si la postura en que dormía le hacía sentirse incómodo. Incluso empujaba el colchón para que me diera la vuelta. Niño fuerte y con genio.

Tanto stress sufrí en ese embarazo que nació seis semanas antes, con tan mala suerte, que sus pulmones no estaban formados y cogió una bronconeumonía.

Apartado de su madre de raíz durante sus primeros diez días de vida. Atado en la incubadora porque se arrancaba las vías. Pinchazos por todo su cuerpecito de 'trapo'. Fue una tortura para él y para los que le estabamos observando. Al menos a mi me destrozaba no poder consolarle y que me restriguiesen las visitas.

Pero aún así era un bebé tranquilo que disfrutaba de mis abrazos y mimos cuando, por fin, lo trajimos a casa.

Al mes de vida sufre un proceso de apneas, en el que ví peligrar su vida. Creía que me quedaba sin mi precioso bebé y luche para que no se fuese de mi lado reanimándole y dándole mi aliento hasta que pudimos llegar al hospital y que le atendieran.

Si creíamos que ya había sufrido bastante nos habíamos equivocado. Durante más de 24 horas estuvieron luchando para que no dejase de respirar. Cada 15 segundos paraba y los médicos y enfermeras le pechizcaban en los pies para que volviese a respirar.

Cuando me lo dieron a los dos días ya era diferente. No paraba de llorar, nada le calmaba, sólo mis brazos y mi pecho pero no durante todo el tiempo... incluso las enfermeras, que me trataron como madre primeriza, se rindieron y lo dieron por perdido.

A partir de hay supe que mi hijo era diferente y que me iba a tener envilo de por vida.

Y puede comprender que él me tenga en alerta porque es mi hijo y como madre me preocupo por él y de su bienestar, pero cuando veo que muchos de sus sufrimientos son causados por las envidias de otros... me callo, no digo nada, pero por dentro les cogería y les diría cuatro cositas.

Encima piensa que son sus amigos y no se da cuenta de que lo que pretenden es fastidiarle y de que se le castigue, se le encasille y se le reprima y se le aparte.

Envia mala, mala la envidia, sea como sea siempre en nuestras vidas.

martes, 21 de enero de 2014

Monólogo para sordos o carta a mi familia


- Hey ¿Se me escucha?. ¿Me oís?

¿No tenéis a veces la sensación de que cuando habláis nadie os escucha? A mí me sucede muy a menudo.

Hoy me levanto con el día torcido y aviso:

- Hoy no tengo un buen día. Me duele todo el cuerpo y estoy realmente jodida.

Y que cojones os importa al resto. Víctor, te despiertas enfadado y con mal tono me dices que no te quieres levantar que estás muy cansado. Paula, que le duele la tripa. Helena, que estás mareada.

Todas las escusas del mundo para no levantarse. Cuando me he cansado y viendo que ya llegaba tarde, incrementado por el dolor de cuerpo con el que me he levantado, cojo la puerta y me marcho a trabajar. He pensado: ‘ahí os quedáis, apañaros vosotros solos’.

Llego al trabajo tarde y… mensaje en el móvil de que si fulanito me trata mal. Yo, que no estoy muy receptiva, mando mensaje a fulanito recriminándole que la mime y la cuide.

Resulta que toda la bronca es, porque el suelo de la cocina estaba lleno de papeles de los bollos del desayuno, y le ha dicho que lo recoja.  Y ella que es muy contestona y chulita por la mañana, pues responde con mal tono y ya se lía el tema. Se toman fatal la situación y a discutir y acudir a mamá que ya está en el trabajo.

(Nota: Helena me ha dicho que no los ha tirado ella, así que, quién haya sido, por favor, que los tiré a la papelera que sino luego toca recogerlos al resto y se provocan broncas innecesarias).

Me enfado y pienso: ¿Es qué ninguno os dais cuenta de que me encuentro realmente mal? ¿No podéis hacerme la vida más sencilla?

Pues no, al contrario, cada vez que estoy mal sucede de todo, y en lugar de aliviar mi malestar parece que provocáis que se incremente y que acabe de los nervios.

Hace tiempo, cuando no me comunicaba, comprendo que no supiéseis que estaba mal, pero ahora que lo grito a los cuatro vientos… un poquito de por favor, que mamá no se encuentra bien. Hacedme la vida más fácil y no aprovechéis esos días para negaros a ir a entrenar, no acudir a clase de guitarra, quedarse en el parque hasta muy tarde, no presentarse a la mesa a la hora de cenar… y así podría enumerar más cosas y más cosas.

Seguramente sea el pilar de la casa y sino estoy en plenas facultades todo se descoloca, pero tengo derecho a ponerme enferma y que se me cuide.

Llevo todo el día solucionando temas que os afectan, cómo las envidias de unos compañeros de balonmano de Víctor, que están malmetiendo para que abandone el equipo. Problemas con una profesora de Helena que no tiene autoridad y que provocan que los alumnos se conviertan en verdaderos delincuentes y acosadores.

Que se ha aprobado por fin la instalación del ascensor en casa y que no sé si me voy a tener que prostituir para pagarlo.

Que llego a casa, después de una larga reunión con un grupo de padres del colegio, y me encuentro con un panorama que parece que ha pasado un tsunami. Cocina llena de platos, vasos, cubiertos, tapas de yogur, envases, encimera llena de cazuelas, comida sin guardar que se va a estropear, montones de verduras y carne fresca sin preparar desde el sábado que al final me va a tocar tirarla… y ya no hablo de que hay que recoger las habitaciones, poner lavadoras, recoger la ropa seca que hay distribuida por toda la casa debido a las lluvias de los últimos días, me encuentro el lavaplatos lleno y sin poner… no sé si pensáis que soy superwoman o que tengo capacidades ilimitadas. 

Pero os aseguro que no, que soy mortal y que tengo límites y que si encima tengo la espalda destrozada esos límites se ven mermados considerablemente.

Pues con todo y con eso llego a las seis de la tarde y me da tiempo a comer de pié, mientras recojo la cocina. De regañarte, Paula, porque no has ido a guitarra y nos metemos en un debate de si te aburres, de si tienes que estudiar, pero estás sentada con los pies sobre la encimera chateando por el móvil… me alucina la manera tan curiosa de estudiar que tienes.

Llegas Víctor, con una preciosa sonrisa y me besas y abrazas. Gracias, ha sido una de las mejores cosas que me ha sucedido hoy. Vienes contento porque has estado hablando con tu entrenador y parece que ya no es el ogro que te estaban haciendo ver. Mi amor, tienes que aprender a saber de quién puedes fiarte. Ese que dice ser tu amigo ya te la ha jugado en las clases de inglés y pretende lo mismo con el balonmano. Pasa de los demás y disfruta de jugar que es lo que más te gusta y te hace muy feliz.

Pero bueno, como siempre, dices que no tienes deberes y a liarte con la play. Y ¿para cuándo estudias? En nada tendrás exámenes y volverán las angustias y luchas para que te entre todo en la cabeza en menos de 24 horas. Ya te informo que es imposible. Hay que estudiar un poco cada día para que sea todo más sencillo. Media hora de cada día supone que la víspera del examen sólo repases por encima para confirmar que te lo sabes. Y ya has visto cómo hemos estado el trimestre pasado: llorando y desesperado porque no te entraba y porque no te daba tiempo a estudiarlo todo.

Sigo con mis líos en la cocina. Hago hummus con los restos de los garbanzos del cocido del fin de semana, cuelo el caldo y lo guardo en el congelador en unos frascos. Con otros pocos preparo ropa vieja, que luego ninguno os coméis porque decís que no os gusta, pero sino lo habéis probado.

Continuo… con una tableta de turrón blando, que dejastéis abierta sin catar, he hecho un helado de turrón.

Con una calabaza que se me estaba estropeando, y aprovechando que estoy asando unos cuartos de pollo para que comáis mañana, he hecho un bizcocho de esos que os encantan.
Y a las nueve os digo que a cenar… sólo acude Helena que está a dieta, porque sólo quiere  comer verdura y pide un poco de cardo que había hecho la semana pasada.

Plato al micro para que se caliente y cuando vas a cogerlo, porque te entran las prisas y no puede esperar a que te ayude… casi todo el cardo se cae dentro del microhondas. Otro poquito de limpieza para mamá.

Y tras insistir en que vengáis a cenar... Paula, aprovechas para meterte en el baño y decir que te vas a duchar. Saliste una hora y media después cuando yo ya me había acostado y estaba dormida.

Llegas diciendo que qué hay de cena y me despiertas. Lo siento hija, pero la cena era a las nueve y mamá ya no podía más y necesitaba descansar.

Víctor, dices que no tienes hambre y te metes en el baño con el móvil. Ya te había puesto la cena sobre la mesa y se te enfrió. Creo que te pusiste a cenar cuando yo salía de la cocina para irme a acostar.

Chicos, me gusta cenar juntos. Es el único momento del día en el que estamos todos y podemos charlar de nuestras cosas. Claro, siempre que no os centréis en la tele y dejéis que hable, porque como os dé por prohibir hablar… 

Y digo yo que, ¿para qué somos una familia? No nos comunicamos, no nos escuchamos, no nos cuidamos… ¿Entonces?

Intento escucharos, me preocupo si os veo mal, os atiendo cuando estáis enfermos, os mimo cuando estáis enfadados, me armo de paciencia para que la convivencia en casa sea buena y nos sintamos todos felices. Pero, ¿podríais decirme que hacéis vosotros?

Sólo exijis y pedís, ¿os habéis parado a pensar por un momento en cómo están los demás?
Ya sé que soy una pesada y mi charla os parece aburrida y cargante, pero igual que vosotros protestáis y queréis que se os comprenda, yo también lo quiero.

¿Qué os parece si hacemos algo para que todo vaya mejor?

Respondedme, por favor, y pensad y escribir que podéis hacer para que las cosas sean mejores y podamos vivir más tranquilos.

Gracias.

Mamá

martes, 14 de enero de 2014

Iniciación

Aquella noche en la azotea, la luna nueva le permitía ver aquellas estrellas que la iluminación de la ciudad no había conseguido absorber. No entendía de astrología, pero sí poseía el gusto de contemplar la oscuridad y disfrutar de la grandiosidad del espacio.

Desnuda y con los brazos extendidos respiraba profundamente, mientras en su boca se dibujaba una dulce e inocente sonrisa.

La brisa de la noche rozaba su cuerpo provocando que su piel se estremeciese. La piel de gallina, los vellos de punta, los pezones erectos y esa caricia suave y cálida que la envolvía y la transportaba hacía la libertad de su locura.

- ¿Qué haces?
- Sentir la noche.
- ¿Para qué?
- Para llenarme de ella, ¿quieres probar?
- Bueno.

La niña deslizó por el hombro izquierdo su camisón quedándose desnuda junto a ella e, imitando a su compañera de juegos, terminó adoptando la misma posición.

Los ojos cerrados, la respiración profunda llenando su pequeño cuerpo y de nuevo esa sonrisa dulce e inocente que llamaría la atención de cualquier observador.

- ¿La sientes?
- Sí, sí que la siento.
- ¿Te llena?
- Sí, me estoy llenando.

Permaneció así hasta que el canto de los pájaros y la claridad del día le despertó de aquel trance divino.

Su cuerpo se había entumecido y sentía frío, miró alrededor y estaba sola.

- ¡Amiga! ¡Amiga! ¡Eh! – pero no halló respuesta.

Tomó su camisón, se vistió lentamente y, de manera mecánica, se levantó dirigiéndose a la salida.

Siendo o no consciente de lo que significaba portar en su interior la transmisión de aquella noche, giró la cabeza para volver a mirar al cielo. Un destello de luz apareció en sus grandes ojos y después… la sonrisa.